Era domingo por la mañana y los restos de la resaca de un sábado festivo adornaban una bonita plazoleta de un pueblo extremeño. Aún con el peso del sueño en nuestra conciencia llegábamos a la bella Plasencia para superar un nuevo reto. El triatlón lo definiría como un deporte para superhombres y para supermujeres, por ello practicarlo supone un engrandecimiento individual de la persona.
En el parque cerca de la estación de autobuses, en un bonito entorno natural podíamos vislumbrar un puente de piedra, saborear la corriente del río o respirar la suave brisa mañanera con la que los árboles saludan. Con música flamenca de fondo nos dispusimos a preparar todo lo necesario o al menos imprescindible para poder realizar nuestra aventura. Aún recuerdo la difícil tarea de ponerse un traje de neopreno, la sensibilidad de las ruedas de la bicicleta o el bonito dorsal que luciríamos en la carrera.
La temperatura continuaba subiendo en pleno verano, con la mente puesta en la dura distancia a recorrer, el hormigueo que recorre el cuerpo de un atleta y las palpitaciones del corazón a un ritmo frenético, mi reto comenzó. Sinceramente en este deporte lo importante no es ganar, muchos pensarán que esta frase no tiene sentido porque el deporte lleva en sí la palabra competición, pero esto es diferente, no hay rivales. Antes de la carrera algún amigo te dejará alguna llave para bajar el sillín, te ayudarán a subirte el neopreno o simplemente hablarás con todos porque solo unos pocos privilegiados pueden disfrutar de este ambiente.
En medio del río Jerte franqueado por todas partes las fuerzas comenzaban a flaquear, prueba de ello fueron algunos tragos de agua al bajar la guardia debido al máximo esfuerzo. Sin embargo una fuerza interior vuelve a dar energía a tu cuerpo, es la necesidad del hombre por ponerse límites para tratar de superarlos, para trascenderse a sí mismo. A su vez tu ritmo aumenta y consigues superar los 400 metros de nado, aunque todavía la meta se encuentra muy lejos y donde pararse no es una opción.
El calor azotaba aún más las fuerzas y la primera vuelta al circuito en bicicleta se hizo casi eterna, el cansancio arrastrado de la natación merma tus sentidos y te debilita, sin embargo este deporte es tan fantástico que vuelves a renacer para aumentar tus pedaladas y acabar la segunda prueba.
El ser un deporte individual te permite establecer una batalla constante entre tu cuerpo y lo que piensa tu cerebro. Piensas en todo lo que es importante para ti, buscando un aliento que permita avanzar un paso más, aún así lo verdaderamente importante es el apoyo del público, es algo irracional pero el hecho de que tu esfuerzo sea valorado supone una ayuda única a tus convicciones.
Por lo tanto en la carrera no importa el dolor de las ampollas, el cansancio o la lejanía de la meta, porque paso a paso estás acercándote a la felicidad. La felicidad no solo consiste en haber podido estar todo un fin de semana de fiesta, aunque suene apetecible simplemente significa aplacar tus ansias de progresar como persona. El triatlón es duro, durísimo pero siempre hay una meta que te está esperando, además de muchos metros que avanzar, problemas que resolver o noches sin salir.
Escuchar mi nombre al llegar a la meta y ver a un amigo tuyo a poyándote supone que una vez más he pasado la frontera de mis límites, he demostrado ser un superhombre y mi alma lo agradece con un estado de felicidad duradero. Hacer triatlón significa explotar todas tus cualidades físicas, mentales y sociales para lograr ser mejor persona.(Las fotos proximamente)